
La cultura del deglamour conquista las redes sociales
La cultura del deglamour está ganando espacio en redes sociales a través de una celebración de lo cotidiano, lo imperfecto y los pequeños logros. Creadores y marcas recuperan escenas que antes quedaban fuera de las publicaciones aspiracionales, mientras los usuarios encuentran valor en repetir ropa, quedarse en casa o completar tareas simples. El fenómeno también alcanza a los formatos audiovisuales, con mayor presencia de imágenes borrosas, tomas únicas y momentos espontáneos. El cambio responde a una fatiga frente a la perfección estética y desplaza parte de la atención hacia experiencias más reconocibles.
De la vida aspiracional a la normalización de lo cotidiano
Durante años, las redes sociales estuvieron asociadas con una representación cuidadosamente construida de la vida. El énfasis estaba puesto en mostrar esfuerzo, progreso, transformaciones personales y escenas aspiracionales.
La cultura del deglamour propone otra lógica. Las publicaciones pueden encontrar atractivo precisamente en aquello que antes parecía demasiado ordinario para compartir.
La tendencia “Kinda Chic” resume bien ese cambio. El formato convierte situaciones poco glamorosas en motivos de identificación colectiva. Repetir el mismo conjunto durante varios días, pasar un sábado en casa o responder correos de trabajo en pijama aparecen como escenas que pueden ser compartidas sin necesidad de ocultar su carácter cotidiano.
El atractivo está en reconocer experiencias comunes y presentarlas con una mirada humorística. La publicación deja de depender de una imagen excepcional y gana interés por su capacidad de reflejar una situación que otras personas también viven.
El cansancio también entra en la conversación digital
La popularidad de estas escenas está vinculada con la validación colectiva del cansancio moderno. Las redes dejan espacio para mostrar rutinas que no encajan con la imagen de productividad permanente.
Ese cambio modifica el tipo de experiencia que puede adquirir valor social. Una jornada sin grandes acontecimientos puede convertirse en contenido si permite expresar una sensación compartida.
La lógica también reduce la distancia entre quien publica y quien observa. Las situaciones mostradas requieren menos preparación y pueden resultar más fáciles de reconocer porque pertenecen a la vida diaria.
Los micro-logros reemplazan las grandes victorias
La segunda tendencia, “Gold Star Behaviour”, lleva esa lógica hacia los pequeños avances personales. Las redes sociales premian acciones que no implican una transformación visible, pero que pueden producir una satisfacción inmediata.
Revisar la heladera antes de hacer las compras, admitir un error o utilizar un producto de belleza hasta terminarlo son ejemplos de estas pequeñas victorias. La recompensa simbólica consiste en asignarles una “estrella dorada”, como si una tarea cotidiana mereciera el mismo reconocimiento que un logro mayor.
Por qué los pequeños logros generan identificación
El valor de estos contenidos está en que el logro no necesita ser extraordinario. La acción puede ser mínima y, aun así, funcionar como una experiencia compartible.
Este formato cambia la escala con la que se presenta el progreso personal. En lugar de mostrar una transformación terminada, permite celebrar acciones concretas que forman parte de una rutina.
La diferencia también afecta la forma de contar historias en redes. Una publicación ya no necesita mostrar un antes y un después espectacular. Puede centrarse en una decisión sencilla y encontrar su atractivo en la identificación que genera.
El desgaste de la perfección estética
La tercera tendencia afecta directamente a la producción de contenido. Los usuarios muestran señales de fatiga ante los videos ultraproducidos, mientras ganan espacio publicaciones que conservan errores, espontaneidad y pequeñas imperfecciones.
Fotos ligeramente borrosas, videos grabados en una sola toma y risas que aparecen a mitad de una frase forman parte de esta estética. La ausencia de una edición evidente deja visible el proceso de creación.
Esto cambia también la relación entre producción y atractivo. Una pieza puede funcionar sin una elaboración visual compleja si consigue transmitir una situación reconocible y espontánea.
La imperfección como recurso de comunicación
La imperfección deja de funcionar únicamente como un defecto técnico. En estos contenidos actúa como señal de espontaneidad.
Una toma sin cortes o una imagen imperfecta comunica una experiencia distinta de aquella que presenta cada elemento bajo control. La publicación parece más cercana a una situación cotidiana y menos vinculada con una representación cuidadosamente preparada.
Esta característica conecta las tres tendencias. “Kinda Chic” encuentra atractivo en rutinas ordinarias. “Gold Star Behaviour” convierte pequeñas tareas en motivos de celebración. Los formatos menos producidos muestran esas experiencias sin necesidad de pulirlas hasta eliminar sus irregularidades.
Qué cambia para las marcas y los creadores
El fenómeno también modifica las posibilidades de comunicación para marcas y creadores. La estética aspiracional pierde exclusividad como recurso narrativo y comparte espacio con contenidos basados en identificación, humor y espontaneidad.
Para los creadores, esto amplía el repertorio de situaciones que pueden convertirse en publicaciones. La vida cotidiana deja de ser únicamente el escenario que rodea al contenido y pasa a ocupar el centro de la pieza.
Las marcas también pueden participar de estas conversaciones mediante códigos que ya circulan entre los usuarios. El desafío que surge del propio fenómeno es mantener la naturalidad que hace reconocibles a estos formatos.
Cuando una estética de espontaneidad se reproduce de manera excesivamente calculada, puede perder parte del rasgo que la distingue. La fuerza del formato depende de que la imperfección siga funcionando como una representación creíble de la vida cotidiana.
La cultura del deglamour deja así una cuestión abierta sobre la relación entre autenticidad y producción digital. Si lo espontáneo adquiere valor porque parece menos preparado, la propia popularidad de esa estética puede empujar a creadores y marcas a fabricar deliberadamente aquello que antes surgía de manera natural. La tensión aparece cuando la imperfección también empieza a convertirse en una forma de contenido cuidadosamente diseñada.






