¿Puede la inteligencia artificial componer música?

Juan Carlos Valdéz, integrante de la comparsa Bella Samba, como parte del grupo musical Só Alegria.

Juan Carlos Valdéz integra una trayectoria donde convergen la música, el trabajo periodístico y la experiencia acumulada en medios regionales. En su rol dentro del grupo Só Alegría y la comparsa Bella Samba, en Concordia, Entre Ríos, su mirada sobre los cambios tecnológicos en la creación musical cobra relevancia en un escenario donde la inteligencia artificial comienza a intervenir en procesos artísticos tradicionalmente humanos. Su lectura no se centra en la herramienta en sí, sino en cómo estas transformaciones reconfiguran la producción musical dentro del carnaval.

Inteligencia artificial y composición del samba enredo

En el terreno de la composición, Valdéz sostiene una continuidad metodológica basada en la experiencia colectiva y la construcción artesanal del enredo. Desde su perspectiva, la escritura musical sigue dependiendo de la interacción humana y del ajuste progresivo de la letra hasta alcanzar su forma final.

“En mi caso continúo utilizando la metodología habitual y humana. La que nace del corazón, buscando las rimas y jugando a prueba y error. De hecho, en las letras anteriores, hasta pocas semanas antes, y con apoyo de compañeros del grupo vamos buscando alguna palabra que quede mejor a la pronunciación y a hacer que sea cantable la letra.

Sé que en otras comparsas ya utilizan desde hace un tiempo la inteligencia artificial para hacer sus letras y acordes, pero desde mi punto de vista puede contribuir, pero se nota que no surge del corazón y que está predeterminado por la tecnología.”

En esta lectura, la inteligencia artificial en la música aparece como un recurso externo que todavía no logra integrarse al pulso emocional del género. La tensión no se ubica en la innovación técnica, sino en su capacidad para reproducir la sensibilidad del proceso creativo colectivo.

Creatividad, herramientas digitales y límites de la IA

El debate se desplaza hacia el acceso a herramientas digitales y su capacidad para reproducir estilos musicales específicos. Valdéz introduce una diferencia entre disponibilidad tecnológica y adecuación estética, donde la segunda sigue sin resolverse en las plataformas actuales.

“En esto es precisamente lo que detallaba anteriormente. Para tener pleno desarrollo de un tema musical como es un samba enredo, se tendría que tener acceso a una paga. Las que están disponibles no llegan a desarrollar el estilo y no cumplen con lo que se requiere. Con esto destaco que se busca la posibilidad, pero si no se cuenta con referencias musicales específicas del samba enredo, el resultado se vuelve muy artificial. Lo mismo ocurre con las letras: no aparece el latido del corazón en un cavaco pegado al pecho, ni el retumbar de un grave en una guitarra que suena como un violão de siete cuerdas.

No son solo palabras, lo siento así. No es que sea reticente a la utilización tecnológica, sino que me resisto a perder la parte humana de una música tan sentimental como un samba bien realizado que surge de la propia cabeza de un autor.”

Aquí, la industria de herramientas digitales musicales aparece como incapaz de capturar la densidad cultural del género. La crítica no rechaza la tecnología, pero sí su dificultad para reproducir elementos afectivos y rítmicos construidos en la práctica colectiva.

Grabación, vivo y mediación tecnológica

El paso del estudio al escenario introduce otra dimensión: la mediación técnica en la producción sonora y su impacto en la autenticidad del resultado final. Valdéz observa una distancia creciente entre lo grabado y lo interpretado en vivo.

“En el proceso de grabación, lo mejor es que el tema lo desarrolle el sonidista o encargado de la grabación. Creo que lo mejor es grabar algo que suene lo más parecido a lo que se realiza en la manga. En los últimos años se le agrega mucho ‘chimichurri’ a la grabación y después en la manga, en el vivo, no es lo mismo. Es entendible: nunca un tema en vivo va a sonar como en la grabación, salvo que se utilicen pistas, como a veces ha sucedido. No estoy en contra de que se utilice, pero eso es mentirse y mentir al mismo tiempo, porque la música no surge de uno. No sé si me explico. Es mi punto de vista, y mis respuestas son del corazón, sin ayuda de inteligencia artificial. Por eso muchas veces las letras van mutando hasta que se encuentra una que quede para salir como producto final. En mi caso me apoyo mucho en lo que manifiesta la sinopsis y, si prestan atención, muchas veces hay replicadas palabras o frases que están en ese texto.”

En este desplazamiento, la mediación tecnológica en la producción musical no solo modifica el sonido, sino también la relación entre autenticidad y artificio. La grabación deja de ser un reflejo del vivo para convertirse en una construcción paralela con sus propias reglas.

La convivencia entre inteligencia artificial, plataformas digitales y tradición musical no se define como sustitución, sino como una reorganización progresiva de criterios creativos. En ese espacio intermedio, el problema ya no es si la tecnología puede componer música, sino qué elementos del proceso artístico dejan de ser visibles cuando la creación se externaliza.